El metro y el corazón de papel
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El metro y el corazón de papel

No sé si os pasa lo mismo, pero mis hijos se divierten con una intensidad agotadora y se aburren con una intensidad desesperante. Dicen los psicólogos que aburrirse es muy bueno para todos y especialmente para los niños… pero es aburrido… -así que me embarqué en una búsqueda frenética de actividades divertidas y educativas, sobre todo educativas y divertidas. Todo muy moderno o no tanto porque muchas cosas las inventó María Montessori hace mucho tiempo… También con mi pasado presente y futuro científico pues científico-técnicas, especialmente para la niña, que sepa que puede ser lo que ella quiera, que no la condicionen como nos condicionaron a otras muchas. Claro que en mi pecado llevo la penitencia porque en realidad lo único que yo hago es condicionarla con todo mi amor. 

Es una búsqueda agotadora y los niños las disfrutan y aprenden… pero a mi me ha llegado a estresar porque a todo ello hay que sumarle el día a día de nosotros, los adultos, que no sólo pensamos en el dinero pero que lo necesitamos, que no sólo pensamos en trabajar aunque nos apasione nuestro trabajo, que no sólo queremos tiempo para nosotros mismos aunque sea necesario… todo lo contrario, queremos esa sonrisa sincera y fugaz en sus labios cuando nos ven llegar aunque luego protesten, queremos ese abrazo furtivo y ese “te quiero” bajito que tanto cuesta conseguir a partir de los seis años… queremos que sean mucho más felices que nosotros, aunque hayamos sido felices. Y al final del día, el mensaje que me llevo es que lo único que ellos quieren es estar con nosotros, aunque se aburran… en eso al menos cumplo.

A veces me llegan esos mensajes de internet bien intencionados y emotivos que nos instan a recuperar la infancia y me emocionan y me hago propósito de enmienda porque al fin y al cabo sólo se vive una vez. Y veo la vida sencilla y el sol brilla más y la luna es más bonita en el cielo… y te pasan las facturas del seguro del coche, de la luz y el gas al mismo tiempo y te dejan sin blanca a mitad de mes… Y miro a mis hijos y pienso que sí, que hay que disfrutar de eso tan bonito que es la infancia y que hay que ser inocentes e idealistas pero … para eso, de momento, ya están ellos.

Y entonces vuelvo a ponerme seria y me levanto temprano para coger el tren e irme a trabajar y me estreso y me enfado y me vuelvo a sentir frustrada tipo madrastrona mala y ogro de los hermanos Grimm… pero, ¿sabéis? a veces, cuando mis enanos me meten un juguete en la mochila o un dibujo de corazón de papel, o me mandan un mensaje con el móvil de su padre… entonces en medio de un metro abarrotado sonrío como un niño pequeño y la gente me mira raro y entonces pienso… “ay, estos adultos, cómo son” porque los rayos del sol llegan para iluminar ese vagón subterráneo de metro a las siete de la mañana.

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