El desapego necesario
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El desapego necesario

Con sus cinco años mi Mona Capuchina ha hecho varias cosas espectaculares. La primera perder muchos miedos y lanzarse a hacer cosas que no se atevía. De un día para otro, literalmente. Empezar a comer mejor porque ya es mayor o reclamar su puesto de decisión en la familia (esto no le ha salido tan bien como esperaba ella pero nadie puede culparle por intentarlo)…

Algunas cosas me dan cierta penilla, como empezar a desarrollar vergüenzas y a asumir tópicos… Habrá que intentar poner remedio o mitigar los efectos nocivos.

Y otras cosas me rompen el corazón … aunque sepa que son necesarias y buenas.

Y es que ha comenzado el “desapego necesario” de mi Mona, es muy sutil, pero la verdad es que duele, tiene que doler… Últimamente hago muchas guardias en el hospital, demasiadas, y los veo poco. Pues hace unos meses se desvivía por estar conmigo cuando llegaba, y yo me quejaba mucho de lo cansada que estaba, pero lo cierto es que se caía la baba… Pero llegaron los fatídicos cinco años y … hoy que no tengo guardia y mañana es sábado… ha decidido que se iba a dormir a casa de su primo.

Y claro, yo le he dejado porque se lo pasa genial… pero se me ha roto el corazón. Recuerdo una sensación similar un día que la iba a recoger para llevarla a sus actividades y cuando me vio, por primera y de momento última vez, me miró y dijo “Vaya, es mi mi madre, que rollo”…

Sé que es una reacción normal y saludable, que me quiere tanto o más como cuando no podía separarse de mi sin llorar, si hacemos caso a Carlos Gonzalez será que habremos hecho las cosas bastante bien los primeros años y la niña asume que no me va a perder, que estaré ahí luego y sobre todo si me necesita.

Y quizá esa sea la principal diferencia: a mi, que los años ya me han quitado muchas cosas que quería, cada minuto con ella me parece un regalo, a ella, que aun tiene sólo cinco años, yo le parezco eterna, le parezco el colmo de la fiabilidad y por eso no tiene prisas de estar conmigo, porque ya es mayor y quiere experimentar el mundo con sus propios sentidos. Y encontrar otras figuras de arraigo que le permitan construir su red de relaciones sociales. Y yo, al fin y al cabo, siempre estaré allí para recogerla… ¡Benditos cinco años!

En fin, es lo que hay, lo aceptamos y cuando nos la devuelvan pues … a disfrutar de su risa.

Vaya adolescencia que me espera con la Mona Capuchina.

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